Trabajo y vida cristiana. 80 años del Opus Dei

Publicado en El Diario de Burgos, 1.X.08

Andaba triscando por el Espigüete y me puse a pensar. Me tira la montaña inexplicablemente: subir prueba la resistencia; falta entrenamiento, sobra taquicardia; resulta que traes lo inútil y dejas lo necesario. El monte araña, agota, engaña –parecía cerca y fácil…- ¿entonces? Sencillo, es una atracción fatal: la montaña es preciosa; te sube donde nunca habrías llegado; te aleja de las cosas fabricadas y te introduce en las creadas por Dios. Además, arriba, ¡Cuanta belleza! Como el amor, la vocación, las creencias, la inspiración, el pensamiento y los grandes ideales la montaña pide todo, exige esfuerzo sin contemplaciones, absorbe las mejores energías, te destroza… ¡Pero te hace inmensamente feliz, porque no es un obstáculo sino un don y una oportunidad!
Me dio por pensar que los dos mayores acontecimientos de la Historia se han producido en una cumbre. No, no me refiero a las del G8, ni a Bolívar y San Martín a caballo por los Andes, ni a Aníbal Barca en elefante por los Pirineos y los Alpes. Hablo del Sinaí y del Calvario, Dios entrando en el tiempo de los hombres. Monte arriba, la Antigua Alianza con Moisés. Monte arriba, en las afueras de Jerusalén, Jesús de Nazaret por amor a los hombres y mujeres de todos los tiempos se deja conducir, extiende los brazos y entrega su libertad en una Cruz. Allí elevado cumple con su sacrificio la promesa de la Salvación, por encima del tiempo, el espacio, las limitaciones, los abandonos, las rebeldías, las traiciones, los silencios, las complicidades y las facilonerías de la Humanidad. Dios es Amor, y el Amor es Perdón, encuentro, futuro común. Cristo, Dios y Hombre, crucificado; su Madre a pie de patíbulo, los dos en la cima: “no encienden una antorcha y la ponen debajo del celemín sino sobre el candelero” (Mateo 5, 14) a la vista de todos, a mirar y a creer. A cielo abierto.
San Juan estaba allí y comprendió lo que acababa de ver, en palabras del propio Jesús “Yo, si fuere levantado de la tierra, todo lo atraeré hacia mí” (Juan, 12,33). Por eso, poner a Cristo en la cúspide de las realidades humanas para que todos los hombres puedan ser libremente atraídos por Dios es una preciosa definición de la vida cristiana en medio del mundo. A ese “monte” hay que subir para que la Redención siga llegando a los cuatro vientos de los cinco continentes. Por eso, porque este ascenso es la tarea normal de un cristiano callejero, forma parte del núcleo del mensaje que Dios confió a San Josemaría Escrivá el 2 de octubre de 1928 –hace ahora 80 años- día en que nació el Opus Dei. Esta institución de la Iglesia –Prelatura Personal desde 1982- surgió y creció para un apostolado específico: recordar a todos la llamada universal a la santidad en medio del mundo a través del trabajo –cualquier tarea honrada- y la vida cotidiana. Después de todo, hemos sido creados para crecer, multiplicarnos y dominar la tierra y todo eso es cuestión de amor.

Así, la vocación humana y divina a la realización personal trabajando es para todos. ¡Qué preciosidad! Dios ha dejado incompleta la creación para que Vds. y yo podamos torpemente –sin ánimo de ofender- completarla con nuestras pinceladas. No, no es cuestión sólo de destreza, sino de sentido: poner lo mejor de mí -mis virtudes, mi potencial excelencia- a disposición de los demás a través de mi dedicación profesional procurando ofrecerles la Verdad revelada por Dios. Pero, eso sí, para consolidarme en el servicio, no para afirmarme en el dominio. La cumbre de las actividades humanas es para poner a Cristo, los demás ¡al Espigüete! Por eso no es un podio, ni un Nobel, ni un trofeo elitista, ni un sueldo mileurista ni todos los protocolos ISO bien cumplidos. Los cristianos somos más ambiciosos: porque amamos apasionadamente el mundo nuestro éxito profesional es la santidad y nuestra ganancia la Redención. Amas de casa, médicos, campesinos, actrices, fontaneros, deportistas, científicos o buscadores de un nuevo empleo: es cuestión de fe, esperanza y caridad. Allí donde estoy, colina o K2, que tanto da, tratar de que las cuestiones grandes o pequeñas se decidan en cristiano, desde la Verdad, con respeto a la dignidad de todos, especialmente los más necesitados; procurar traer el Evangelio al presente, a la máquina de café del pasillo de la oficina; contribuir al progreso de la sociedad en que vivo; saber ir del brazo, convivir con los que no piensan ni viven como cada uno de nosotros, que la vida cristiana no uniforma. Esta ha sido la perenne enseñanza de San Josemaría, el continuo mensaje del Opus Dei.
Y ese es el reto. Cuando intentamos trabajar mucho y bien, un Dios comprometido –“todo lo atraeré hacia Mí”-, con muchos años entregando los encargos de la carpintería a tiempo, cumplirá su Palabra esperando la libre respuesta personal. Esto es lo contrario a reducir las creencias al ámbito de lo privado. Cristo salió a todos los caminos: “Id por el mundo y predicad el Evangelio”. Sí, amigos lectores, el mejor momento siempre es hoy. Y si no parece fácil, mejor: el sendero comodón suele llevar al valle. 80 años son la plenitud de una vida humana; para una institución de la Iglesia, estar empezando, mezclar infancia y madurez. Me gusta imaginar que cuando Tenzing Norgay y Edmund Hillary llegaron al Everest no se sintieron únicos ni superiores, aunque pudieran mirar al resto 8.848 metros por encima del hombro, sino los primeros, nostalgia de que muchos otros pudieran contemplar tanta belleza. Algo así experimentó el joven sacerdote que recibió de Dios el Opus Dei y su mensaje divino y humano al servicio de la Humanidad a través de la Iglesia…la noble pasión por compartir con millones de personas la Belleza, el Bien, la Verdad y el Amor. ¡Esto es Vida! Dispuesto, eso sí, a hacer de guía, a tirar de la cordada hacia la cumbre, siempre hacia la cumbre, que es el lugar que a Cristo corresponde. Difícil, pero ya se sabe: la vida cristiana, como la montaña no es un obstáculo sino un don y una oportunidad. Hay tantas cotas como posibilidades. A Dios le gustan todas las cumbres: cuando inventó las cordilleras vio que “todo era bueno”.

Adelaida Sagarra Gamazo

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